El Paisaje Interior de Beatriz Ezban
 
 
 

En un capítulo de Moby Dick, Herman Melville establece un paralelo entre el mar y la pradera: desde el punto más alto de su bosque de mástiles, al no ver sino cielo y agua, el marinero se siente transportado a esas planicies donde nada interrumpe la sinfonía del verde, mientras el hombre de tierra que se aventura en el reino marino inevitablemente evoca su dominio doméstico cuando su espíritu se funde con la extensión más vasta del planeta.

Semejante ambigüedad deliberada, signo distintivo de una de las obras fundadoras de nuestra modernidad, se manifiesta en la pintura de Beatriz Ezban. Nada es lo que parece, mas todo puede ser leído en este lenguaje donde el color crea las más osadas y exigentes realidades. Su aventura no ha sido otra que la del arte desde el momento en que se decretó la autonomía de la pintura frente a un realismo heredero de la fiebre fabril de la revolución industrial.

Un andamio invisible palpita bajo cada uno de sus cuadros. Su pasión se transfigura en atmósferas donde el azar está de tal manera dominado que contemplamos sus telas como nos hipnotiza un cuaderno pautado donde las notas se inscriben para establecer su propia coreografía. A lo largo de su trabajo, Beatriz Ezban ha dialogado con maestros que, como ella, demostraron que el paisaje, traducido al lienzo, debe ser ante todo un hecho pictórico. hermana en algún instante de Joaquín Clausell --para referirla a nuestro mexicano domicilio--, supo llegar, como el último Monet, a esa iluminación que le permitió comprender que el alma de la pintura reside en el color y que éste exige, tarde o temprano, su existencia autónoma. De la pincelada suelta de Delacroix a las torturas a las cuales Van Gogh sometió al amarillo; del movimiento concentrado de Kandinsky a las exploraciones monocromáticas de nuestro tiempo, Beatriz Ezban ha establecido su propia sintaxis, su pesonal sistema de equivalencias.

La herencia de sus mayores, que supieron de la experiencia mística y estética de fundir en el desierto arena y cielo, fue decisiva para su encuentro con la naturaleza --igualmente intempestiva y avasallante-- de Islandia. De ahí el contraste tan marcado de sus lienzos por momentos, parecemos avanzar por un desierto que testimonia los múltiples matices de su reino. En otros hay un mar que se rebela a su condición horizontal para expresar su condición de ola que antes fue cielo tormentoso y mañana querrá ser lluvia desatada. Sus flores son llamas que son corazones abiertos que son frutos. Lectura fragmentaria del universo: la realidad se disloca pero vuelve a su cauce gracias al seguimiento de la mirada y su cristalización en la pintura.

Jorge Cuesta, uno de nuestros críticos y creadores más exigentes --pues todo trabajo de creación lo es también de crítica--, anhelaba que el paisaje dejara de ser un estado del alma para convertirse en un sistema de coordenadas. Naturalmente, se refería a ese peligroso y fascinante momento cuando la pintura se convierte en sujeto de sí misma y cuando el artista se debate entre la pureza y la esterilidad. Beatriz Ezban ha sabido dar un paso adelante, sin caer en el abismo. En cambio nos dota de alas y de branquias para ser pez en el aire y pájaro en el agua. Las armas, en fin, para que el paisaje respire por los ojos y el alma se expanda en la contemplación de sus microcosmos donde, como en el poema de William Blake, la eternidad cabe en la palma de la mano.

 
Vicente Quirarte
Noviembre 1998
 
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