Beatriz Ezban entre azules y blancos de Paisajes Interiores
 
 
 

Tras nueve décadas de desarrollo aún no concluye en el arte abstracto el surgimiento de nuevas propuestas y nuevas opciones. Sentimientos, actitudes y meditaciones marcadamente individuales han venido inyectándole un vigor que tiene más de renovación que de continuidad. En contraste con las abstracciones derivadas del cubismo, más ligadas a lo racional y a regularidades precisas, las que tienen como lejano ascendente el impresionismo han interiorizado naturaleza y paisaje para, en procesos ilusorios y de exaltación lírica, arribar a la representación de símbolos y signos que no llegan a conformar temas patentes. Esto es posible porque, como señalara Francis Bacon, "la naturaleza a menudo permanece oculta". A estas zonas enigmáticas, de no fácil acceso, huidizas, decidió penetrar la pintora Beatriz Ezban, nacida en la Ciudad de México en 1955, ganadora en agosto de 2002 de uno de los premios de adquisición de la xi Bienal de Pintura Rufino Tamayo con su cuadro Babel (óleo y cera/algodón, 2 x 1.7 m), representada en el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez con el óleo El rey y la reina (1999, 140 x 180 cm).

Después de cursar cuatro semestres en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (1975-1976), Beatriz Ezban comprendió que lo suyo eran las artes plásticas y se fue a Los Ángeles, California, a seguir cursos universitarios de dibujo y pensamiento visual. Regresó y se inscribió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (1977-1979). Entendió que necesitaba un maestro provocador, no ortodoxo, y frecuentó el taller de Gilberto Aceves Navarro (1978-1980). Para ampliar horizontes y experiencias viajó de manera intermitente por Nueva York, París, Holanda, España, Islandia, Noruega, Irlanda, Inglaterra, Canadá e Italia (1984-1999). En 1997 frecuentó en la ENAP el taller de obra tridimensional en fibras naturales, y en 1999 siguió un curso de arte virtual en tercera dimensión.

En su entrega empeñosa Beatriz Ezban ha buscado constante y sistemáticamente la confrontación; en consecuencia, entre 1975 y 2002 ha participado en ochenta y dos muestras colectivas en México, Argentina, Hong Kong, Islandia, Estados Unidos. A partir de 1985 ha presentado veinticinco exposiciones individuales, de dibujo o pintura, en México, Islandia, Irlanda, Noruega, Canadá, España, Estados Unidos, la última de ellas en la galería Landucci Arte, en el DF, a fines de 2002. La mayoría de esas exposiciones han tenido títulos que han definido tanto el carácter de la obra como los estados de ánimo de su autora: El retorno, Huelga nacional de ermitaños, Pincel solo, Prohibido soñar, Del cielo a la tierra, Otro, Eras hecha de trigo, De hábitos imprudentes, Bajo la influencia del paisaje islandés, Retorno a Islandia, El cuerpo del color, El retorno de los ermitaños urbanos, La mística del paisaje abstracto, Shoot!, Homenaje a Umberto Eco, Corteza, Di-soluciones, Vértigos.

En algunas series Beatriz Ezban ha utilizado variedades cromáticas para celebrar, de manera poética, el deseo de acceder a jardines paradisiacos. Pero en sus obras más recientes los colores festivos han desaparecido para dar lugar a sagas de blancos impuros e impuros azules. Impuros porque debajo de los azules (cobalto, ultramar, añil y otros) hay una trama de verdes, grises, amarillos, blancos, magentas... que no combaten con el color predominante sino que asoman para enriquecer el poema visual. Los blancos se extienden en telas imprimadas en tonos obscuros, y son grises en tonalidades diversas los que comparten el protagonismo visible del hecho plástico, a la vez que anulan cualquier monotonía blanquecina, sin aquietar una dinámica que en casi todas las piezas origina sentidos no argumentales, como pudo constatarse en la exhibición que desde noviembre de 2002 presentó en Landucci Arte.

En la saga azul la luz, pensada como energía en movimiento, danza con brillos de relámpago entre las penumbras de ocasos o amaneceres. La danza se produce gracias al ritmo enérgico como fue aplicada la materia plástica en verticales, segmentos curvos, diagonales, cruzamientos. Hay expansiones orgánicas, fuerzas tormentosas que generan espirales, sinuosidades reveladoras de tensiones entre aquello que se acaba y lo que está naciendo, remolinos llameantes que emergen del subconsciente. Los efectos lumínicos adquieren mayor contraste e intensidad cuando surgen de abismos o espesuras. Paisajes del alma sin conexión con realidad alguna, caprichosos, intuitivos, esenciales, emocionantes. Pasión e imaginación se funden en exaltaciones que delatan una sensibilidad con propensión romántica.

En la saga de los blancos (acompañadas de grises y cerúleos), Ezban ha dejado fluir su fantasía en formas más definidas, aunque igualmente descorporizadas pero orgánicas. Diseños formales de huellas, caídas, procesiones, vacíos, nudos de luz, refugios, reflejos, desplazamiento de lo obscuro, inventados para simbolizar estados de ánimo, en un impulso estético similar al de los surrealistas abstractos cuando confiaban en los automatismos gestuales y topográficos. Aquí los instrumentos para extender la materia plástica han sido utilizados con cadencias diferentes. Hay menos ondulaciones, las diagonales son suaves, casi no se observan cruzamientos, la luz es más pareja, los trazos lineales más representativos, sobre todo cuando son concéntricos. En los cuadros de la serie Vértigos se perciben metafóricas pulsaciones cósmicas, contenidos heterogéneos, cargas de melancolía producidas seguramente por la indeterminación de las apariencias. Se plantea un sistema para distanciarse de la naturaleza sin despreciarla, rescatando sus propiedades trascendentes en un acto de reflexión intemporal.

Beatriz Ezban, en su ya largo ejercicio estético, aprendió que las combinaciones plásticas son inagotables, y que esta multiplicidad se enriquece cuando el artista no busca una lógica habitual ni obedece a modalidades fugaces.

 
Raquel Tibol
Diario La Jornada, marzo de 2003
 
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